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Salduie

Mis antepasados corrieron libres durante siglos por el amplio valle sedetano que domina la vieja Salduie. No hubo fiesta o evento en los que no fueran los protagonistas ya fuera para celebrar una victoria militar o bien para demostrar el fervor y la devoción hacia nuestros dioses ancestrales.

Para los pequeños augurios, los oráculos se contentaban con la contemplación del vuelo de las aves, el patear de las gallinas o el estudio de sus hígados y los de otras humildes bestezuelas.

Pero hoy es un día grande. Un día que será recordado los siglos venideros. El nuevo imperio que se adueñó de la vieja ciudad íbera pone la primera piedra de la urbe a erigir a mayor gloria de su emperador César.

Y, merecidamente, yo he sido el elegido. Mi estirpe estará orgullosa de mí.  Suenan fanfarrias y chirimías. El aroma a incienso y mirra fluye entre la multitud. El cuchillo ritual ya ha sido afilado.

A mi lado se oyen voces latinas.

– El altar de sacrificio ya está engalanado. Traed al toro

 

 

San Jorge 2017. Al menos este año no me han censurado.

Esta noche me he entretenido contemplando en el cristal del telecabina el tenue reflejo de mi rostro, desvaído y pálido como el de todos los que ya han acabado sus horas.
Atrás quedaron los días de boato, adulación y pesebre, y las noches de vicios sin freno. Tiempos en los que los barrios construidos en lugares imposibles crecían como trigo en primavera y los sobrecostes de las obras públicas endulzaban mi vida en este país inhóspito barrido por el cierzo.
Dicen que en cada edificio oficial habita un espectro. Y debe de ser cierto ya que desde mi bastión veo en la cercana Torre del Agua la torva silueta del que fuera mi más enconado opositor. Tras años de disputa en varias instituciones nuestros muchos pecados nos han llevado a ser vecinos y penar juntos por toda la eternidad.
No me arrepiento de nada. Mil veces que viviera, volvería a obrar igual. Hice lo que pude y lo que debía. Y por éso, hasta el final de los días, yo seguiré siendo el fantasma del telecabina abandonado.

Tres veces aragonés

A lo largo de todas sus reencarnaciones, Mamadou Ngé había nacido aragonés en dos ocasiones y en ambas no pudo tener peor fortuna. En la primera, Mamadou emigró en 1232 a la fértil Mallorca, repoblada por nuestro rey Jaime con cien familias aragonesas tras una terrible epidemia de peste que asoló la isla. Su suerte se giró pronto ya que un desliz le envió a galeras donde pereció al poco tiempo.

En la segunda, vio la luz en 1788 en el barrio del Gancho y murió cuando un obús francés le halló escondido en el interior de la bodega que le servía de refugio en la sitiada Zaragoza. Antes de que encontraran su antiguo cuerpo, ya caminaba renacido en una humilde aldea de cultivadores de arroz en Vietnam.

Ahora, tras otra breve vida en el África profunda, esperaba ansioso en el limbo que su nuevo destino le permitiera al fin alcanzar el nirvana.

– Ha sido niña – exclamó alborozado el padre primerizo a su familia, reunida en la sala de espera de la Casa Grande.

– Le llamaremos Pilica.

Rogad por nosotros

Nueva edición del concurso de relato corto de Heraldo de Aragón en el que participo con el siguiente microrrelato. El fallo del jurado se hará público mañana, día de San Jorge.

Feliz día de Aragón y del libro para todos.

Ruega por nosotros

Siempre he sido muy devoto. De niño me imaginaba a mí mismo como si fuera San Lamberto, vestido con mi traje de marinero de la primera comunión y con mi cabecita morena cortada debajo del brazo.

Cada día, al salir del colegio, tomaba la pelota con solemnidad a modo de cabeza y salía a recorrer el pueblo en procesión, como si paseara por la antigua Cesaraugusta, provocando la admiración de los creyentes, el espanto de los romanos y un buen número de conversiones entre los gentiles que caían arrodillados a mi paso.

¡Este crío no se separa del balón. Acabará en el Real Zaragoza! -decía mi madre con orgullo sin llegar a darse cuenta de que, en realidad, yo estaba entrenando para ser mártir.

Ya de adulto, he olvidado esas fantasías infantiles. Ahora prefiero seguir en cierta manera el ejemplo de San Lorenzo. Como muchos paisanos, paso el verano en Salou tendido con fervor sobre la arena y cuando me tuesto de un lado doy media vuelta para achicharrarme por el otro.

¡Alabado sea el Señor!

Por amor al arte

Otro microrelato que envío al concurso de Heraldo de Aragón.

Título- Por amor al arte

Cada persona tiene su peculiar forma de expresar sus gustos artísticos y su ideal de la belleza. He conocido gente que interpretaba con primor una sonata de Schubert a la bandurria. Algún otro se ha atrevido a declamar completo el “Volverán las oscuras golondrinas” de Bécquer al revés. E, incluso, fui testigo hace algunos años de un anciano de Sallent que fue capaz de reproducir el Guernika de Picasso a tamaño real utilizando colillas de Ducados y chapas de La Zaragozana.

Todo esfuerzo y sufrimiento no es baldío si el resultado logra transmitir una visión subjetiva, estética y emocional del mundo y de la naturaleza humana aunque, a veces, esta perspectiva se aparte de la inteligencia y de la racionalidad.

Por éso, juro por la memoria del gran Leonardo que no me importó retener al vecino del segundo para que me sirviera de modelo ni me afectó su llanto. Cuando vi la cara de aquel desgraciado en su agonía supe que iba a conseguir mi obra maestra, alabado sea el Señor.

Ecce Homo

Almogávar de 2013

Después de un año sin escribir, me he animado a participar en el concurso de relatos cortos de Heraldo de Aragón con un pequeño relato relacionado con Aragón tal como pedían las bases del concurso. Los relatos presentados deben tener menos de mil caracteres.

Lo había presentado con el pseudónimo “Ulises” pero no me han hecho ni p… caso y para escarnio público han incluido mi nombre

 

Almogavar de 2013

 

La fuerte pendiente de la carretera disgregó la meada en múltiples canalillos que se iban abriendo en abanico conforme se alejaban y reverberaban bajo la luz de los faros de mi automóvil. La noche caía fría y rasa en el Pirineo como unas navidades sin compañía.

En la entrada del túnel de Bielsa un semáforo en rojo montaba guardia impidiéndome el paso, como si el destino quisiera darme otra oportunidad para recapacitar y buscar una alternativa. Sin embargo, no tenía otra opción, ya había quemado todas las naves. Apreté los puños con rabia y lloré por todos los que teníamos que abandonar nuestra tierra y también por los que se quedaban en ella. A mi espalda, Aragón, insensible al sufrimiento de sus hijos, permanecerá en mi ausencia enfangado en su mansedumbre, inconsciencia y castañuelas.

La luz se puso verde cuando el frío ya había calado en mis huesos y, sin girar la vista atrás, me adentré por la boca de la montaña.

El día siguiente a mi idílica reparación doméstica esperé ansiosamente que cayera la noche y Sylvie tuviera que encender el fluorescente de la cocina. Las horas previas me había estado acicalando convenientemente, me afeité, vestí mis mejores galas e, incluso, me puse unas gotas del perfume masculino que Gloria guardaba en el armario del baño. En un estado febril, pasé el rato comiendo una bolsa de pipas con sal a las que soy muy aficionado mientras me ponía al día de la sorprendente vida sexual de los alces canadienses en un documental que daban en la segunda. La llamada se fue demorando y dos horas después de ocultarse el sol tuve el convencimiento de que ese día no me volvería a sonreir la fortuna.

-El mundo no es para los pusilánimes -me dije. Y ya que Sylvie había rechazado mis servicios de experto bricolador decidí coger los 32 últimos euros que me quedaban para pasar el mes y salir a la calle con el noble propósito de encontrar  otra mujer parecida.

A la cuarta cerveza, cualquier hembra ya me parecía digna de hacerle un hueco en mi manada. A la décima, la tundra se volvió un erial y nadie se me acercó a pesar del evidente encanto que yo desprendía.

Después de negarme la entrada a varios garitos decidí acercarme hacia mi barrio y tuve la suerte de encontrar en el camino un tugurio en el que gasté todo el dinero que me quedaba en un brick de litro de tinto peleón.

A la altura de la murallas romanas di un infortunado traspiés y me despeñé en un pozo de petróleo de los que están abriendo en Zaragoza con la excusa de las obras del tranvía. Mi vaquero del Primark que con tanto orgullo había estrenado ese día quedó totalmente embarrado pero, al menos, no me rompí ningún hueso en la caída.

Llegué exhausto a la ribera del río y me senté un rato para recuperar el aliento. La noche estaba despejada y se hacían sentir las primeras calores de la primavera. Me descalcé mis gastados deportivos y traté de respirar profundamente y con calma. Un tufo a semen rancio de siluro subió del Ebro y me golpeó la nariz y el agitado estómago. Sin remedio, la vomitina cayó sobre la acera y salpicó mis sucios pantalones y mis calcetines.

Mientras, la ciudad entera continuaba en plena berrea ajena a mis pesares. Los coches pasaban por la ribera conducidos por engalanados depredadores que cambiaban de territorio de caza y dejaban una estela de música estridente que se iba amortiguando conforme se alejaban.

Llevaba un buen rato reponiéndome y observando estúpidamente a los coches cuando una patrulla de la Policía Local encendió el rotativo luminoso y paró a mi lado.

En ese momento, me acordé de todos los santos del cielo pero espero que Dios  me haya perdonado, al menos, si me olvidé de alguno. Lo único que me faltaba para completar la noche era tener que dar explicaciones a los agentes de la autoridad del lamentable estado en el que me encontraba.

Dos pollos con uniforme se me acercaron y me iluminaron en los ojos con sus linternas.

– Mira qué tenemos aquí -dijo el más gallito-. Este cerdo parece que se está divirtiendo ensuciando las aceras.

– Yo creo que puede continuar la juerga en comisaría toda la noche -repuso el otro guardia riéndole la gracia-. Además acabamos de llevar a un ucraniano de dos metros que seguro que le da cariño.

Se me erizaron los pelos al escuchar aquello. A pesar de que llevaba toda la noche buscando un romance que me permitiera olvidar a Sylvie, lo último que deseaba es que aquellos payasos me planificaran mi vida sexual. El vino que había bebido y que ahora estaba derramado sobre la acera me hizo cometer una locura.

– Me cago en todas vuestras muelas -balbuceé sin llegar a hacerme comprender.

– ¿Qué dices, puerco?

– Me cago en todas vuestras muelas -repetí intentando mejorar mi dicción.

Al tratar de incorporarme perdí el equilibrio con tan mala suerte de que me derrumbé justo en los restos de pipas, cerveza, vino y jugos gástricos. La cazadora pasada de moda que lucía quedó hecha una pena. Sin embargo, este incidente fortuito fue lo que me salvó de la velada que me habían preparado aquellos cafres. Debieron pensar con buen criterio que si me introducían en el coche patrulla, el olor a vomitina tendrían que soportarlo todo el servicio de la noche y toda la semana siguiente.

Con cara de profundo asco se me acercó el más chulín con la porra en la mano y me dio unos golpecitos con el extremo en el único punto de la espalda que todavía estaba limpio.

– Hace falta ser mamón -me dijo sin la más mínima educación. Sonrió a su compañero e introduciendo la punta de la porra en mis deportivos los lanzó al medio del río uno tras otro.

– Vámonos, deja a este pringao que siga la fiesta.

Feliz por el desenlace del encuentro con la autoridad, me escabullí lo más dignamente que pude y puse rumbo a casa de Sylvie con el corazón enamorado y los pies maltrechos. A pocos metros de su portal me desplomé encima del capó de un Seat Ibiza y quedé inconsciente con el culo en pompa y peor cara que una merluza del Carrefour. Cuando me desperté, vi que había luz en la habitación de Sylvie y al poco rato se abrió la puerta de la calle. No podía creer lo que vieron mis ojos. Allí estaba Gloria saliendo con una sonrisa de oreja a oreja y mi caja de herramientas en la mano.

– Vete a la mierda -le dije y le arrebaté el arcón con violencia. Pocos minutos después, las malditas herramientas estaban haciendo compañía a mis zapatos en el fondo del río.

Ahora, con la cabeza fría, veo que me equivoqué. Si por casualidad  Sylvie me vuelve a llamar deberé de pasar antes por un chino y comprar un martillo, un alicate y un destornillador al menos. O bien, si Gloria descubrió mi artimaña y dejó preparada alguna otra avería puede que ella pase antes por casa de Sylvie y tenga que comprar los instrumentos. Éso que me ahorro.